jueves, 26 de mayo de 2016

La época de preparación para la hostia que se avecina

De pequeño nunca me molestaba ver a gente exitosa. Cuando eran jóvenes lo achacaba al talento natural, más propio de la genética y de las oportunidades que te brindan tus progenitores, si eran mayores me alegraba poder argumentar que era gente curtida, entrenada, la cual había dedicado miles de horas para llegar hasta esa suerte de persona destacable dentro de de su propio colectivo. Ahora, ya rozando la veintena, todo ese argumentario vacuo, insulso y extremadamente conveniente, se ha esfumado. Y cuando en mitad de una guerra no tienes ninguna cobertura a la que agazaparte, solo te queda el sonreír mientras ves como una lluvia de balas se acerca a ti a velocidades vertiginosas. Creo que los 19 años son así, voy a llamarlo ''La época de preparación para la hostia que se avecina''

Talento y esfuerzo. Dos conceptos que separados suenan bombásticos y rimbombantes y juntos parecen un axioma más de la vida. Es curioso cómo al diluirse esta mezcla pierde todo su encanto, como si las propiedades de ambos elementos fueran puliéndose hasta llegar a un estado de equilibrio absoluto donde no existe ese brillo salvaje, esa pureza que desprenden cuando salen de tu boca. Creo que la niñez es talento y la adultez esfuerzo. Quizá estoy siendo demasiado categórico, pero creo que esos dos conceptos en su estado más puro evocan inevitablemente a esos extremos de la balanza. Aunque una cosa no excluye a la otra, existe un puto muy concreto donde ambos confluyen, donde el niño deja de ser talentoso y el adulto todavía conserva un brillo especial, para mí ese intervalo se encuentra en los veinte años.

Me gusta la metáfora de la vida como un sendero. Como fanboy de Machado no podría ser de otra forma. Un camino está lleno de vicisitudes, desde el contraste entre día y noche, recompensa y fracaso, amor y odio, encuentro y despedida, amenaza y serenidad; esas propiedades tan radicales es lo que más se aproxima a la vida, una vía en la que a veces cruzas por el medio de estos conceptos y otras te decantas por uno de lo extremos. Asimilando la vida como un camino, creo que al llegar a la veintena de edad hay un muro que corta tajantemente el sendero, un muro enorme que obstruye toda la visión. Si miras atrás solamente verás caminantes jóvenes y talentosos, gente mucho más talentosa que tú, más fuerte, más rapida, más inteligente, con calificaciones más altas, con un gran oído para la música, deportistas de élite. Si abres la puertas y miras hacia delante verás profesionales de todo tipo, desde científicos, pasando por practicantes de sexo, pescadores, emprendedores hasta poetas. Lo mágico de adentrarte en el pasillo que te brinda esa gran puerta, es que hasta que no consigas llegar al otro extremo del agujero, nunca verás lo que hay más adelante. Creo que la veintena es ese pasillo oscuro, aunque no tanto como para que no puedas ver casi a transluz qué es lo que se avecina.

A la espalda más talento que yo y por delante muchísimo más esfuerzo. En este pequeño agujero por el que casi no se puede respirar ya no valen las excusas. He llegado poco preparado y además mi talento está siendo nublado por personas que han dedicado más tiempo que yo para formarse. A la espalda el poeta que es capaz de embelesar a las personas con sus versos y en el periodista que sin llegar a la treintena domina hasta cinco idiomas. Creo que los veinte años son eso, un camino oscuro en el que la única certeza que tienes es que hay gente joven mucho mejor que tú y que independientemente de donde vayas a ir, siempre va a haber gente mejor preparada. Entre esas tinieblas nunca sabes donde vas a llegar, pero esa premisa no desaparecerá por mucho que intentes remediarlo, porque justo estás en la edad en la que talento y esfuerzo confluyen y pasan la factura.

¿Sabes qué es lo mejor de todo de tener casi veinte años? Que todavía sigues cargando con el peso de preguntas que te repites a diario cómo ¿Qué es talento? ¿Qué es el esfuerzo? ¿Dónde estoy? ¿A dónde quiero llegar? Es un poco triste que sin ni siquiera saber quién soy, tenga la certeza que mira hacia delante o hacia atrás, siempre va a haber personas mejores que yo. Muchas preguntas de la adolescencia se han quedado sin responder y lo único que me está quedando claro es que la hostia me la voy a dar igualmente.

lunes, 21 de marzo de 2016

¡No disparen al pianista!

¡No disparen al pianista!

Por falta de precisión las balas están perdidas,
desfilan, entre los rayos del sol, luces rojas y amarillas.
El soldado pierde la razón, mejor que perder la vida
y llora sin ton ni son una niña triste, sola y afligida.
-¡Que alguien calme su llanto! -grita franco el coronel.
Y de tanto en tanto un soldado raso se acerca y la consuela.
-¿Por qué llora la pitusa si no hay herida que duela?
-Son heridas del corazón, mucho peor que el dolor de muela.

Las balas se exhiben espléndidas y glamurosas,
reciben silbidos y piropos, todo va de color de rosas;
de ese rojo carmesí del que tiñe la Funesta.
''¡Ay qué ingenuos que son aclamando a esa enhiesta!''
Se lamentan algunos sin percatarse de la fiesta
mientras otros, sobre alfombra roja, gritan ''La victoria es nuestra!''.

En las filas desesperan porque el llanto de la niña no cesa,
no comprenden su dolor, la cruz de la que es presa.
No comprenden su temor, porque con palabras no se expresa
pero nada puede hacer, ya nada en su corazón pesa.

A lo lejos se vislumbra un hombre taciturno,
una mirada sombría, un traje nocturno.
Rifles miran indiscretos esperando la orden de disparar,
pero el hombre no se achanta, no para de caminar
indiscreto, indiferente, sonriendo sin cesar.
-¡Que todo el mundo se esconda, ese hombre lleva una bomba!
Pero el músico no entiende de explosivos, solo del sonido y su honda.

Entre las balas perdidas el pianista comienza a tocar
una triste melodía que todavía nadie logra olvidar,
en el teclado de un piano que parece de cristal.
Yo no voy a juzgar, si lo que hizo estuvo bien o estuvo mal.
Solo soy un superviviente más, alguien que todavía puede recordar.

''¡No disparen al pianista!'' se escucha desde los dos bandos.
''¡No disparen al pianista!'' voces al unísono de los hombres al mando.
''¡No disparen al pianista'' porque el pianista disparó
una hermosa melodía que con el llanto de la niña acabó
y él continuó tocando, con motivo de admiración,
una hermosa canción que con el fuego cruzado terminó.


Por falta de precisión las balas están perdidas,
desfilan, entre los rayos del sol, luces rojas y amarillas.
El mundo pierde la razón, mejor que perder la vida
y llora sin ton ni son una madre triste, sola y afligida.

No disparen al pianista, por favor. No disparen al pianista...

                                                                                                                            J.R. Cristian

jueves, 31 de diciembre de 2015

Yo were there

¿De qué te sorprendes si estuviste ahí?
Viste amanecer esas flores junto mí, en este mi jardín.
Viste germinar el sol, mi mundo crecer.
¿Crees que este castigo no debo merecer?
Si tú estuviste ahí cuando el fuego dejó de quemar,
cuando el dolor murió y al fin dejé de gritar.
Cuando, en pena, mi musa dejó de aparecer.
Cuando abril junto a mi ventana comenzó a oscurecer.

¿Por qué lloras por mi muerte si tú estuviste ahí?
No detengas tu llanto, no lo veo menester,
mas ciego soy y si de algo he de carecer
que sea de visión y no de capacidad de ser.

¿Por qué estuviste ahí?
Sigo preguntándome cada noche cuando
en luna llena vuelve mi capacidad de sentir,
y que sea así mientras recuerdes los versos que escribí.
Mientras nuestro sea el mundo
y el destino tenebroso por el que me perdí.
Porque este existencia mía te pertenece mientras así lo desees,
mientras así lo desee, mientras así te desee.
Mientras siga así esta rabia que me posee.

Y si he de gritar, por favor, escúchame
Si he de llorar, consuélame.
Si he de amar, desvélame
y hazme ver el lúgubre acontecer,
de mis tinieblas, desátame.

Y si he de morir, mátame.
Si he de morir, recuérdame.
Si he de morir, ámame,
porque sé que estarás
y dueño de ti soy.
Dueño de este eterno compás que me consuela.
Dueño de esta eterna canción
que en manos arde y en corazón vuela.

Porque tú estuviste ahí y esa fue la única razón por la que no me perdí. Por eso te amo.

Promesas Banales

Promesas banales danzan, por algún lugar extraño,
donde no han sido invitadas hoy, mañana y ni siquiera antaño.
Promesas banales bellas, de puro estaño envenenan,
con una amargura tan dulce y mordaz que hasta lágrimas queman.



Promesas banales sueñan, vuelan y en tus ojos se estrellan,
como las estrellas que brillan y brillan hasta que en la noche estallan.
Promesas banales son buenas, malas, reveldes; pero nunca fallan.
Promesas banales danzan.
Promesas banales cantan.
Promesas banales se ríen y lloran y muerden hasta que te matan.



Cuidado chiquilla, cierra tu ventana que no entren promesas banales,
que corren, vuelan, chillan y chillan y van cargadas de males.
Cuídate bien, cierra tu ventana, ya llegan las tempestades.
Promesas banales que caen de los ojos y se cuelan por tus retales.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Tiempo.

Pretérito imperfecto. Presente simple. Futuro perfecto.

Un pasado  imperfecto, pero a pesar de ello no puede cambiar, es algo inevitable; un yugo con el que debemos cargar hasta que nuestro cuerpo caiga rendido bajo tierra.
Esos fríos recuerdos que llenan nuestros ojos de impotencia y rabia, pero también enternecen el corazón, esos que se cuelan lacónicamente a través del fino cristal de la ventana, esquivando los malos momentos, y más níveos que los copos que los miran recelosos, llegan hasta tus manos. Entre el marfil, y como si de un milagro tratase, tocas esa melodía que ya ni siquiera recordabas.
El pasado es imperfecto como la vida y fruto de esa imperfección es esa sonrisa con la que le cuentas tus viejas historias, mientras él, fruto de tu vientre, te mira con los ojos centelleantes propios del niño que un día fuiste.


Un presente tan simple como la vida misma, como estar mirando el paisaje cambiante a través de la ventanilla de un autobús cuyo recorrido has hecho miles de veces. Tan simple como sentarte cada mañana en la silla de tu escritorio, tomando un café, esperando a que llegue la hora en la que tengas que partir a hacer la misma función de cada día. Como si fueras un autómata, un ser diseñado para trabajar, incapaz de distinguir entre los casi imperceptibles cambios que sufren los hilos del destino, llevando a todo el mundo por un camino sumamente enigmático. Aunque nadie se da cuenta de cuan grande pueden ser esas pequeñas acciones y cómo cada simple acción, como el respirar, crea una pequeña brisa que mueve apenas unos grados el timón de este, nuestro barco.


Un futuro tan perfecto como efímero, un pensamiento cambiante y trascendental que se encarga de variar conforme maduras. Promesas que acaban convirtiéndose en mentiras olvidadas que se las lleva los vientos de abril junto a mi ventana. Esas monedas que se tiran en una fuente y allí se quedan hasta que alguien los recoja. ¿Dónde están esos sueños que te arropaban cada noche?
Hasta que entre tañer de campanas y envuelta en retales blancos, te das cuenta de que el futuro es incierto, salvaje e indomable; y ese futuro perfecto que te enseñaron en la escuela no es más que el sueño gramatical de un pasado frustrado.

viernes, 28 de agosto de 2015

La muerte de Dios

El genio se sentó en su escritorio, iluminado por la tenue luz de un foco al que debía haber cambiado la bombilla hacía ya mucho tiempo, pero nunca lo hizo. Comenzó a escribir vivazmente, ya tenía las ideas en su cabeza, las había estado trabajando toda lo noche, solo quedaba plasmarlas en el papel y dejar fluir su imaginación al compás de su muñeca.
''La muerte de Dios''
''La muerte de la moral colectiva''
''La muerte del bien y del mal''
''La muerte de la libertad''
''La muerte de...''

Los rayos de sol ya comenzaban a colarse a través de la fina tela de esa cortina que tanto odiaba. Se tumbó sobre la cama con una sonrisa en su rostro. Esta vez podría dormir. Ya no tenía nada más que matar, pero no se daba cuenta de que solo se mataba a sí mismo.

sábado, 15 de agosto de 2015

To the end

Hay momentos en la vida de una mujer que tiene que dejarlo todo y marcharse, sin mirar atrás, sin titubear. ¿Por qué? Cada cual tiene sus razones, pero pedirlas es absurdo, es algo que simplemente ocurre. Son como un ave migratoria, parte de un lugar a otro buscando un mejor cobijo, otro sitio donde empezar de nuevo. ¿Y yo? Yo no tengo nada que ver con eso, yo parto porque he de hacerlo, porque hay algo que me lo exige. Ya no existe lugar donde pueda volver a comenzar, yo más bien voy a buscar un final, un sitio donde esta historia acabe.... ¿Dónde comienza este final? En un lugar lejano, en uno de esos páramos donde mi vista puede divagar y ver un cielo anaranjado siendo consumido por el atardecer, un viento que corretea libre y danza alrededor de mi cabello y desplaza pequeños granitos de arena por la punta de mi nariz y el siseo del viento que más bien parece un ahogado aullido, un grito de auxilio en este apartado lugar. Exhalo el aire con lentitud, dedicando mi tiempo para apreciar como el aire recorre mis fosas nasales, creo que nunca antes me había sentido tan ligera. Ya no hay vuelta atrás, desde luego que no, este es un desafío entre el tiempo y yo. El calor se vuelve sofocante, tengo la sensación de que mi piel está ardiendo constantemente. Sigo andando paralelamente a la carretera desolada, en un momento repentino mi vista comienza a nublarse, noto como si mis piernas se desvanecieran, mi corazón comienza a acelerarse. Busco en mis bolsillos pero no me quedan pastillas. Mi cuerpo no va a aguantar mucho tiempo estas duras condiciones. Compruebo que mi pantalón está lo suficiente apretado y ato mi camisa a la altura de mi ombligo… Pero creo que no va a ser suficiente, deshago el nudo y lo vuelvo a hacer a la altura de la parte inferior de mis pechos. Me suelto el pelo y comienzo a andar hacia la carretera. A lo lejos veo un camión aproximarse. Fuerzo una sonrisa y alzo mi mano. Él se acerca y baja la ventanilla.

-Oh, ¿qué se la podido perder a una chica tan joven en estas carreteras?
-Iba con unos amigos de viaje pero hemos discutido y… -comienzo a sollozar.
-Lo siento, he sido un desconsiderado. ¿Vas en dirección a Meltdown?
-Sí, ¿te importaría llevarme?
-No, claro que no.

El hombre tiene una barba descuidada y el pelo despeinado, probablemente lleve mucho tiempo conduciendo. Por la radio suena country rock de los sesenta. El lugar desprende un olor ácido a cerveza, quizá ver cómo bebe despreocupadamente de esa lata ha hecho acentuar esa sensación. Antes de que pueda entrar, despeja el asiento de copiloto, tenía algunos trastos. Por lo que puedo observar no está acostumbrado a viajar con alguien o por lo menos no lo tenía previsto hacer en mucho tiempo. Me siento y comienzo a cerrar la puerta, no sin antes echar un vistazo de reojo hacia él, no pierde el tiempo, me ha dirigido una mirada rápida y acechante a todo el cuerpo, se podría decir que su técnica está muy pulida aunque es un poco descuidada.


-¿Alguna vez has subido a un camión?
-No, almenos que pueda recordar. Pero si no recuerdo mal, mi abuelo era camionero y a veces mis padres hacían algunos viajes en su camión… Ya sabes, viajes de jóvenes enamorados y esas cosas.
-Les puedo entender, no te puedes imaginar lo que es viajar durante tiempo solo, lo mejor es cuando llegas a un bar de carretera y te paras a comentar el viaje con otros conductores. ¡No hay dos días iguales en la vida de un camionero!


El ruido del motor de este trasto es impresionante, cuando lo ves desde fuera impresiona, pero dentro es una sensación totalmente diferente, a pesar del temblor y el ruido del motor te sientes muy tranquilo, hay que reconocer que a pesar de no ser música que escucharía en mi habitación, el country rock es perfecto para esta situación.
El viaje sigue su curso, ambos continuamos hablando de cosas sin importancia. La gran mayoría del tiempo me dedico a mirar por la ventanilla, casi con la cabeza fuera del automóvil, desde siempre me ha encantado el paisaje de las carreteras, aunque sea de una ciudad, es algo que me gusta hacer, que cada detalle se quede grabado en mi mente. Siempre he pensado que si pudiese pintar bien, desde luego los paisajes serían mi punto fuerte.

-¡Mira, un lago! Es impresionante.
-Jajaja, he visto miles como esos. ¿Quieres que paremos un rato? También tengo que ir a comprar un par de cosas y no te vendría mal refrescarte un poco.
-Sí, me encantaría.

Ambos nos bajamos del camión

-¿Quieres algo? ¿Te hacen unas cervezas?
-Sí, la verdad es que algo frío me vendría de perlas. Creo que preferiría agua, ya sabes, temas de edad y eso…
-¿Eres menor de edad? No me lo creo.
-Tengo diecisiete años.
-Bah, yo ya conducía a esa edad, no te preocupes.

Me acerco al lago, el agua está sorprendentemente limpia. Me quito los zapatos y los guantes -he de confesar algo, llevan plataforma para aparentar más altura- y introduzco los pies lentamente. El agua está congelada, justo lo que necesito. Aprovechando que llevo pantalones cortos me introduzco hasta que la superficie me baña la parte superior de las rodillas. Ahora que la parte inferior de mi cuerpo está tan fresquita me dan ganas de de zambullirme entera, pero por desgracia no tengo muda de ropa y no sería buena idea ir empapada todo el viaje. Me mojo el rostro, los brazos y el cuello, sin duda no puede haber mejor sensación. A pesar de estar refrescándome, sigo manteniendo un ojo en los pasos de mi acompañante, ha salido de la tienda con unas bolsas en la mano y ha entrado en el camión, al salir lleva dos cervezas, una abierta y otra sin abrir. Me dispongo a salir para reencontrarme con él en la carretera. Cuando salgo me siento en una roca y comienzo a ponerme de nuevo los zapatos. Mientras me los coloco, noto una sensación fría en la espalda.

-¡Mira lo frías que están! -dice mientras roza la lata con mi piel.
-Dios mío, tienes razón. -me giro para coger la lata pero él adelanta una sin darme opción a elegir.
-Es una buena marca, una de estas que solo los camioneros son capaces de experimentar. Vamos, pruébala, ¿es tu primera vez?
-No, que va. Creo que todos cuando somos jóvenes nos hemos saltado alguna regla que otra ,¿no? -digo mientras le doy un trago y sonrío. Él me devuelve la sonrira.
-Bueno, volvamos al camión que todavía queda un largo camino, dentro de poco comenzará a oscurecer

El camino a partir de este momento ha sido más relajado, la música está muy tenue y apenas hemos hablado. Ya está empezando a oscurecer y mis párpados comienzan a pasarme factura, hace mucho tiempo que no duermo.

-De verdad, no puedo entender cómo tus amigos han podido dejar tirada a una chica tan guapa, es una lástima.
-Vamos, no exageres. ¿Cuál es tu nombre? -digo con voz risueña
-Carl.
-Pues muchas gracias Carl, no sé qué habría sido de mí sin ti -se limita a esbozar una leve sonrisa.

Alargo la mano para bajar un poco la música de la radio y nuestras manos chocan, al parecer él había tomado la misma decisión.

-Oh, disculpa. ¿Te importa si la bajo? -no hay respuesta.

El sonido de la radio, el viento que entra por la ventanilla, todo parece ayudar a que me entre el sueño. Cierro los ojos y los mantengo de esta forma un buen rato. De repente noto como algo se desliza lentamente por mi pierna. Comienza acariciando mi muslo y se va deslizando hacia la zona de la ingle. Hago unos movimientos vagos y esbozo una leve sonrisa, haciéndole ver que estoy en el letargo de un profundo sueño, esperando pacientemente. Espero hasta que noto que el camión se ha detenido, entonces deslizo lentamente la mano por la parte trasera de mi pantalón, cuando lo tengo agarrado fuertemente hago un movimiento brusco y apunto a su cabeza. Él se sobresalta y da un pequeño salto.

-¡Mierda , no dispares!
-¡Pon las manos en la cabeza!
-No me jodas, ¿eres una poli?
-Para tu desgracia, no, no lo soy.

Alargo mi mano en la parte trasera hasta que comienzo a palpar la bolsa que había traído antes cuando había comprado las cervezas. Hay cerveza, preservativos, toallitas húmedas y unas pastillas. No me hace falta comprobar cuáles son, mi astucia me permite saber que son una clase de somnífero o algo que actúe como tal.

-¿De verdad te pensabas que me iba a tragar un truco tan básico como ese? Comienza conducir.
-En serio, no sé que pretendes, pero sal de mi camión ahora mismo.
-¿Me estás tomando el pelo? Has sido tú el que ha intentado violarme mientras dormía.
-¿En serio te crees que voy a hacer caso a una niña? -hace un movimiento brusco pero antes de que pueda alcanzarme, le disparo en la palma de la mano.
-¡Ah, joder, estás loca!
-La próxima vez que tenga que dar una advertencia tu cabeza estará agujereada.
-Vale, tranquila, te llevo hasta donde quieras, puedes quedarte con todo lo que quieras, pero por favor, no me mates.
-Tú conduce, yo soy quien toma las decisiones. De momento tapona esa herida y que no sangre demasiado. ¿Tienes muda de ropa, no? -digo mientras cojo el casquillo de la bala que le ha atravesado.

Un viaje tan largo teniendo que apuntar a alguien constantemente es bastante cansado. El dolor de brazos que tengo es insoportable. No sé cuántas horas llevo así, pero desde luego que mañana no voy a poder mover los brazos ni un poco. Es una lástima tener que hacerlo de esta forma, de alguna forma me siento culpable, nada más subirme a este trasto sabía que esto iba a acabar así, quizá si me hubiese mostrado más arisca él no habría intentado… En fin, se lo tiene merecido. No me puedo imaginar lo que le hubiese ocurrido a otra mujer que no hubiese sido yo…

-Escúchame, llevamos muchísimas horas conduciendo.
-Nadie te ha preguntado -digo y muevo el arma apuntando más firmemente a su cabeza.
-No, no. De verdad, necesitamos repostar o nos quedaremos tirados a mitad del camino y ninguno de los dos queremos eso.
-Vale, pararemos en la siguiente gasolinera, pero debes cumplir las siguientes condiciones. Vamos ambos, ni una sola seña, siempre quiero ver tu rostro, nada de ir al baño y vas a comprar un antifaz y una pequeña navaja. No quiero preguntas.

De esta forma, ya con el sol sobre nuestras cabezas, nos detenemos en la primera gasolinera que encontramos. Él comienza a buscar todo lo que le he pedido. Luego va a llenar el depósito. Mientras él realiza la tarea, miro fijamente al dependiente y comienzo a gesticular con el rostro horrorizado. Él se percata, lo sé por el cambio de las facciones de su cara. Veo como desde la cabina comienza a llamar por teléfono. Cuando comenzamos a retomar el camino me asomo y veo cómo está apuntando algo en una libreta.

-Vale, desde ahora quiero vayas a toda velocidad. Tenemos menos de quince minutos para llegar a nuestro objetivo.

Cuando llegamos detiene el camión.

-Vale, hasta aquí podemos llegar, ya estamos en la ciudad.
-Perfecto, ahora ponte el antifaz.
-¿Qué me vas ha hacer?
-Nada peor de lo que tu pretendías en un primer momento. Rápido, no hay tiempo que perder.

Se coloca el antifaz y comienzo a actuar rápido. Primero tomo su cartera y me llevo todo el dinero que había dentro, dejando un poco. Cojo el cuchillo que ha comprado, me hago un corte bastante profundo en la muñeca y dejo caer mi sangre sobre alguna zonas. Al final presiono la herida hasta que deja de sangrar y la vendo.

-Escúchame, vas a estar dos minutos con el antifaz, si no lo haces te vuelo la cabeza, ¡lo juro! -digo apoyando el cañón en su sien.
-¡Tranquila, haré todo lo que me digas!

Tengo poco tiempo, es una ciudad bastante pequeña y está anocheciendo, el tren dejará de pasar en breves. Me bajo silenciosamente y comienzo a correr buscando la estación. No pasan ni cinco minutos cuando encuentro la estación, compro mi billete y por suerte el tren está a punto de partir. Hoy es mi día de suerte, sin duda. Cuando me siento dentro del tren, me dejo caer y noto el dolor sobre mis hombros… Demonios, ha sido un viaje demasiado duro. El tren comienza a moverse y miro por la ventana, ya es tradición. Por fin mis párpados pueden caer, se sienten tremendamente pesados. No puedo evitar esbozar una sonrisa, antes de caer profundamente dormida, al ver las luces rojas y azules de los coches de la policía. Creo que nunca antes me habían parecido tan bellas esas luces…

Notas de autor: En un futuro habrá nuevas noticias sobre ''To the end''. Espero que lo hayas disfrutado .