lunes, 27 de junio de 2016

Extraterrestre

Extraterrestre.

A veces le miro a la cara y desespero
porque observando a la luna el tiempo se para.
Y qué puedo decirte, si yo te contara
que fugaz es la estrella más sempiterno es el cielo.

Imagino sostener sus manos y no las entiendo,
su suavidad es alcalde del firmamento.
La nívea láctea, mi testamento,
porque la gracia fenece, mori memento.
Y si la estrella muere porque Dios no la ampara,
esperar es virtud del contratiempo.

Oh Dios; oh virtud; oh tiempo,
dadme algo, lo que ella más deseara,
su cabello, su risa, su cielo, su caliente corazón y su mirada.
Oh estrellas; oh libertad; oh viento,
enseñadme una canción que a su planeta llegara.
Un violín, bella voz, un cuento,
porque al final del día con una sonrisa acabara

viernes, 3 de junio de 2016

Metales pesados

Gracias a Dios que la moda de fumar ya ha expirado y ahora solamente quedan leves retazos de lo que era antes, aunque claro, comparado con el San Francisco de los años 70, cualquier cosa se va a quedar corta. Ahora la gente no quiere comer atún porque están llenos de metales pesados, no comen carne porque los animales son maltratados y la  no fuman porque... no sé por qué será. De todas formas no eligió estudiar sociología así que tampoco se paraba a analizar detenidamente los comportamientos de la sociedad, solo le interesaba saber esos pequeños detalles como el de poder levantarte para ir a fumar en medio de una cena de empresa y que nadie te acompañe porque esta generación es... ¿Más sana? Ella tampoco estaba segura de cuándo empezó a fumar, ni cuando se comenzó a diferenciar entre géneros binarios o no binarios, ni cuándo se comenzó a utilizar el ''@'' para referirse al género neutro. Todas esas cosas le importaban bien poco, para ella todo eso era como si hubiese estado viviendo en una caja durante veinticinco años y al salir todo a su alrededor hubiera cambiado. La única razón por la que comenzó a darle a los cigarrilos era para eso, para escaquearse de vez en cuando, si lo hubiese podido hacer dejando de comer atún o cambiando su género, no le hubiese importado absolutamente nada hacerlo. Pero no, desde luego ya lo había probado. Una vez lo intentó, en una mariscada  ''lo siento, no puedo ir porque esos animales están llenos de metales pesados que son perjudiciales para la salud'' -dijo con un tono de desilusión que había aprendido a imitar a la perfección. Pues ni aún así consiguió librarse, resultó que un compañero de trabajo era todo un experto en todos esos temas, no comía carne, pescado, animales que hayan sido expuestos a cualquier tipo de contaminación, alimentos transgénicos... Estuvo más de una hora hablándole de mil cosas que comenzaron importándole bien poco y al final acabó con dudas existencialistas sobre su propia persona. ¿Qué comemos exactamente? ¿El capitalismo está acabando con la salud? ¿Alimentación humana o derechos de los animales? ¿Realmente sabemos lo que comemos? Tras haber estado un tiempo dándole vueltas a todos esos asuntos llegó a la conclusión de que cada vez que él le hablara se iría a Tombuctú, el lugar donde tanto los animales como las personas podían entrar al morir, no se podía imaginar cómo debía ser hablar con Míster Bones. Si no recuerda mal también fue en aquel momento cuando tomó la decisión de comenzar a fumar. Sí, es verdad, fue para poder librarse de él. Desde luego funcionó, quizá todavía sufre un poco de remordimiento por haber usado esa maniobra vil, pero sin duda era mucho mejor que ignorarle cuando hablaba.

En fin... Al final ha acabado acudiendo a la mariscada, mira el plato un poco desconcertada y no sabe ni siquiera por dónde empezar. Entre compañeros de trabajo que le hablan de cosas que le importan más bien poco y la necesidad de estar al lado de su jefa constantemente, se siente embutida en esa silla. Y hablando de embutidos, también siente un poco de resentimiento por los cánones de belleza social y todas esas tonterías necesarias. Cada día que va a trabajar maldice a quienes establecieron que formalidad es vestir un traje. Como si permaneciera a una especie de religión creada por ella misma, nada más poner un pie en el umbral de la puerta de su apartamento, suspira mientras dirige sus pupilas hacia el techo y los maldice, a los zapatos de tacón, las americanas, los bolsos de marca. Todo. También se maldice a sí misma porque ella estudió informática, no administración de jefes que les gusta dar por el culo. Se levanta metiendo la mano en el bolso para hacer ver que va a fumar, algunos le dirigen unas miradas discretas que ignora completamente. El restaurante está abarrotado de gente embutida, algo propio de esas fechas. Parece que los metales pesados no les van a quitar el sueño esa noche. Quizá sí que lo haga el hecho de haberse pasado tomando alcohol, pero la comida desde luego no. Saca un cigarrillo del paquete, lo enciende y se lo coloca en la boca. Le resulta curiosa la imagen de la cajetilla con los pulmones demacrados y toda esa parafernalia. ¿Por qué el atún no viene con una etiqueta de ''cuidado, contiene metales pesados perjudiciales para tu salud''? Esa noche va a soñar con peces, desde luego.
Rebusca entre los bolsillos y el bolso el mechero pero no consigue encontrarlo. La probabilidad de que alguno de sus compañeros tenga un mechero es ínfima, y la probabilidad de que aún teniéndolo lo reconozcan delante de los demás es todavía más baja. Baraja la posibilidad de preguntarle a alguien, pero por alguna extraña razón no encuentra el momento perfecto. De noche la calle está tremendamente transitada, sobre todo de gente joven que va de fiesta con su grupo de amigos y otros tantos tontos trajeados que van a cenas de empresa. Por no tener ganas de intimidar a unos o mantener una conversación insulsa con otros, al final se sienta en un escaloncito de un portal y escuchar música. De todas formas con el bullicio de la calle tampoco es que pueda escuchar demasiado bien, así que simplemente elige algo aleatorio de la lista de reproducción y apoya la cabeza contra la pared. Al comienzo al sentarse le da miedo de que pueda mancharse la falda, pero de todas formas no es su culpa si alguien decide mirarle el trasero, todo en esta vida tiene un precio a pagar y mucho más cuando es un día festivo y no debe dar una buena imagen ante absolutamente nadie.  Al menos no su culo.

Silbidos, bullicio, transeúntes, el claxon de una moto. Una pareja de instituto que corre por a calle y empujan a una señora a la que le cae un vaso de cerveza encima. Vecinos molestos por el ruido que lanzan agua desde una ventana mientras un grupo de chavales probablemente menores de edad se ríen y festejan el fenómeno como si estuviesen en un festival de música. Sacan fotos de lo ocurrido y el flash le da directamente en la cara. Aún así no puede evitar sentirse somnolienta, como si todo el ruido formara parte de la misma sinfonía. Probablemente algún músico experimental haya pensado lo mismo, o no... quién sabe. Los ojos se le cierran intermitentemente. Vaya, nunca había llegado a imaginar que se podía estar tan relajada en la multitud. Quizá sea por las copas de vino blanco que ha tomado.

Abre los ojos sobresaltada por un calor que notaba en la cara y una luz anaranjada que se colaba a través de sus párpados. Un zippo, sin duda, ese olor a gasolina metalizada es inconfundible. Debido a la sorpresa el cigarro se le cae de la boca pero la persona que le está ofreciendo fuego lo agarra en el aire. Está sentada de cuclillas enfrente de ella. Lo coloca entre los dedos pulgar e índice y se lo lleva a la boca, pero inevitablemente choca contra un... ¿Cristal? Hasta ahora solamente había visto sus pies, finos y muy blancos dentro de un zapatitos negros con un poquito de tacón. Qué piel tan blanca, y no solo en sus pies, conforme subía la vista por sus piernas seguía siendo igual. En sus rodillas descansa la falda de un vestido azul marino cuya tela se vuelve un poco transparente sobre los hombros. Su mirada se detiene al llegar a su cuello, lleva algo extraño en la cabeza, una especie de casco con una pantalla de cristal con luces. Emite un sonido extraño, como si dentro alguien estuviese respirando fuertemente. Da la sensación de que el metal es ligero y suave aunque está fuertemente adherido en su cabeza. En la parte superior hay unos orificios puntiagudos. Ella intenta retroceder pero pronto choca contra la puerta, aún así sigue rehuyendo. La figura del casco comienza a gesticular y a mover la cabeza. Al ver su cara de espanto comienza a señalar la zona donde supuestamente debería de tener las orejas. Al ver que la está asustando aprieta un botón que se encuentra en la nuca y el casco, tras hacer un sonido mecánico hueco, se desadhiere del cuello. Tira de él hacia arriba y mueve la cabeza hacia los lados esparciendo su melena negra azabache. Lo que en un primer momento era miedo se ha convertido en curiosidad, relaja los hombros y observa a la ciborg (así le llama en su cabeza) ladeando la cabeza. Hay algo reminiscente en esos ojos negros y esa piel tan blanca que provocan un contraste tan absurdo.
-Yo a ti te conozco.
-Vale, por lo que veo no me podías escuchar, ¿verdad? -al no recibir una repuesta decide continuar -. Este trasto no funciona bien en este país, no sé si será por los satélites o qué se yo, pero está haciendo cosas rarísimas.
-¿Cómo?
-El casco -dice mientras lo agita entre las manos -. Por lo que veo en este país no lo soléis usar, ¿no?

Ese acento...
-¿Suki?
-¡Rin, rin rin! Premio para la señorita dormilona. Cuánto tiempo, pensaba que no me ibas a reconocer.
-¿Cómo demonios te iba a reconocer con el trasto ese?

Se levanta todavía un poco aturdida por el sueño. Ambas se encienden un cigarrillo y dan un paseo mientras hablan de varias cosas. Se paran en el primer bar que encuentran, piden ambas un bloody mary, como en los viejos tiempos.
-Tú vistiendo tan formal... ¿Se han alineado los planetas?
-No, más bien creo que se han desalineado todos los astros. Todavía no me acabo de creer cómo he acabado así estudiando informática.
-Estoy impaciente por escuchar la historia.

Se aprieta las sienes con las manos. Natsuki le observa traviosamente mientras sorbe la bebida por la pajita.
-Por más que me esfuerza creo que... No se me ocurre ninguna forma de hacer que la historia suene interesante.
-Vamos, hace cuánto, ¿siete años que no nos vemos? Creo que cualquier cosa que tú me digas va a resultar interesante.
Cree percibir en su cara una mueca de decepción que se borra al instante.
-Te voy a decepcionar, pero si insistes supongo que no me queda otra. A no ser que hayas cambiado probablemente sigas siendo una cabezota de cuidado.

Sus intentos por cambiar el tema de la conversación no surten ningún efecto. Natsuki se limita a sonreír y asentir con la cabeza.

-Me ha sorprendido que todavía te acuerdes de cómo me llamabas antes. Bueno, siendo sincera ni siquiera me imaginaba que todavía me recordaras.
-Ahora debido a mi trabajo acostumbro a tratar con muchos asiáticos, pero cuando era estudiante fuiste la primera... -Suki alarga la mano y sujeta suavemente de suya.
-¿Me ibas a contar una historia, no?
-Ya te lo he dicho, tampoco es para tanto. Cuando acabé la carrera encontré un trabajo en una empresa muy joven. Necesitaban sofware propio y mantenimiento, iba a ser duro debido a que debía programar desde cero, así que tuve que trabajar un montón. El cambio se dio cuando mi jefa vio lo dedicada que estaba siendo, me cogió confianza. Resulta que ella es malísima con los ordenadores, en serio, le cuesta hasta abrir el correo electrónico, así que ahora soy algo así como...
-¿Su cenicienta? -suelta con desdén.
-Yo iba a decir algo así como su mano derecha...

Se produce un silencio demasiado pesado. Tsuki retira su mano y mira hacia el techo, suspirando. Siempre hacía eso cuando estaba a punto de ponerse existencialista, cuando eran estudiantes le taladraba con miles de preguntas, sobre la existencia de Dios, la sexualidad, la muerte... A pesar de no darle muchas vueltas a esos temas siempre conseguía darle una respuesta que la dejara satisfecha. Tsuki siempre estaba leyendo, devoraba cualquier libro que encontrara, daba igual el autor, la época, el género... Con tener un libro entre las manos bastaba. La verdad es que siempre se cuestionó cómo lograba si quiera ser un estímulo intelectual para ella. Daniela no tocaba un libro a no ser que fuera un manual, no veía películas de Hitchcock, no se decantaba por el pensamiento de ningún filósofo, nunca iba a votar en las elecciones de su presidente... No se considera idiota, de hecho siempre ha logrado estar por encima de la media, simplemente no le interesaba demasiado lo que ocurría a su alrededor, o alrededor suyo quinientos años atrás o cuatrocientos en adelante. Desde que la ha visto ha tenido una duda que procede de algún lugar extraño, la amistad un día simplemente se cortó, sin más. No habían discutido, no había habído ningún conflicto amoroso... Simplemente se esfumó. Por esa razón probablemente tenga esa duda incrustada en su pecho, ¿qué ha podido ser de la vida de aquella persona tan excéntrica? ¿A qué conclusión había llegado después de hacerse tantas preguntas? Al ratio de pregunta/hora probablemente en este momento debe estar en el limbo del conocimiento, seguro que conoce todos los secretos de la alquimia y no le extrañaría que se hubiese convertido en medio robot. Eso sí, uno muy bien fabricado, porque la suavidad y el calor de sus caricias han sido muy reales.

-Parece que te haya decepcionado.
-¿Decepcionarme? Nunca he tenido ninguna expectativa sobre ti -dice con tono neutral.

Nota un pinchazo fuerte dentro de ella misma. En cualquier otra situación se habría marchado, pero sigue teniendo la duda de qué habrá sido de su vida. Tsuki llama al camarero.
-¿Vas a pedir algo?
-Lo mismo que tú.

Vuelve con dos whiskys con hielo.

-¿Qué hay de ti?
-Es una historia larga de contar -dice dándole vueltas a la copa. De repente parece tremendamente cansada.
-Creo que tengo tiempo.
-Primero quiero tomarme un par de copas. ¿Te molesta el silencio?

Contempla las copas como si estuviese maquinando algún plan. Parece que se esté inventado una historia que contar o quizá está buscando las palabras exactas. Aunque ella nunca ha sido de palabras exactas, más bien de divagar constantemente, hasta que el alcohol se lo impide, o hasta que suena el despertador. Le sorprende y de alguna forma le da un poco de lástima que haya cambiado de tal forma. Ahora sin el casco se fija bien en sus hombros casi desnudos, en su fina nuca, en sus ojos. Ahora lleva el pelo más corto y el flequillo hacia un lado. Debido a las gafas nunca había tenido la oportunidad de ver sus ojos tan atentamente, quizá también era porque nunca le miraba a la cara. Quizá su mirada ha cambiado, da la sensación de que está olcultándole algo, hasta que finalmente, tras tomar unas copas, sonríe, le mira a los ojos y comienza  a hablar.

-Cuando acabé bachillerato entré en una universidad. Era una grado de idiomas o no se qué historias, pero como no me convencía me fui a Francia. Ya sabes que siempre he tenido facilidades con los idiomas ya que nací sabiendo Japonés e Inglés. Luego estudié en España, bueno eso ya lo sabes. Allí aprendí algo de francés, justo cuando te conocí. En Francia estudié filología francesa y una vez acabé me fui a Alemania en una beca. Por h o  por b finalmente acabé aprendiendo algunos idiomas más. Ahora trabajo como intérprete para una empresa internacional.
-¿Y el casco? No me digas que ahora te gusta disfrazarte.
-No que va.

Cortando la frase a mitad se levanta, posa su mano sobre el hombro de Daniela y le hace una mueca para que le siga. Van un poco más al fondo del bar, se sientan en un sofá empotrado en una esquina. Vuelve a llamar al camarero y le pide algo, lo mismo, whysky con hielo.

-Por lo que veo ahora bebes más.
-Que yo recuerde tú ni siquiera bebías.
-Son las cosas que tiene el trabajar en una empresa...
-Como te iba contando, lo del casco es algo que utilizo para ya sabes, evitar la contaminación, enfermedades y todas esas cosas.
-¿En serio?
-Claro, ten en cuenta que estoy viajando constantemente por todo el globo. Si cojo alguna enfermedad extraña estoy jodida. En serio, lo pone en mi contrato. Aunque me extraña que te sorprenda, en algunos países como China se utiliza mucho.
-Ya sabes cómo soy...
-No te equivocas, no sé como eres, sé como eras.

Desplaza un poco su cuerpo, lo suficiente para que el de ambas estén en contacto. Daniela se tensa, ella acaricia su pierna, apoya la cabeza sobre su hombro y continúa hablando.

-Háblame más sobre ti.
-No sé no se me ocurre nada.
-Vamos, algo debe haber...
-¿Sabías que las gambas contienen metales pesados?

Tsuki separa la cabeza de su hombro y por un momento le mira fijamente. Al comprobar que lo dice totalmente seria comienza a reírse descontroldamente. Le contagia la risa.

-¡En serio! No has cambiado nada.

Le acaricia la nuca, se acerca a ella y le besa en los labios. Al comienzo se encuentra tensa y desconcertada, pero las caricias sobre su espalda consiguen que se relaje. No podía evitar pensar por qué alguien que  lleva un casco para protegerse de la contaminación luego fuma y se toma tantas copas como quiere como si nada. Pero los pensamientos se funden, se disipan. Primero se convierten en una masa oscura y finalmente se tornan totalmente líquidos. Al comienzo tiene las manos sobre sobre el asiento del sofá, no sabe que hacer con ellas. De hecho le hubiese gustado que desaparecieran por un instante, porque así no se habría visto tentada a palpar cada rincón de su cuerpo. Tsuki, siempre había sido delgada, aunque debajo de su ropa daba la sensación de que algo se estaba formando, nunca tuvo la oportunidad de comprobarlo. Ahora se muere de ganas de hacerlo, de  hecho comienza a palpar cada rincón de su cuerpo. Al comienzo por curiosidad y después simplemente por deseo.
Cuando sus lenguas están entrelazadas Tuski se separa repentinamente, no sin antes morder sus labios. Ella vuelve a buscar su boca pero se encuentra con una sonrisa infranqueable y juguetona. Entonces comienza a acariciarle por debajo del vestido. Tsuki en un amago de gemido abre la boca y vuelve a besarle.
-No, aquí no. Ven.

Tsuki se levanta, se recoge el pelo rápidamente y se vuelve a colocar el casco. Al darle a un botón hace un ruido mecánico y se adhiere a su cuello. Paga la cuenta, toma su mano y comienza a andar.
Desde atrás parece que no haya cambiado demasiado. Tiene la misma forma de andar, ese lunarcito a un lado del cuello y unas orejas pequeñas debido a su origen asiático. Salen a una calle secundaria, saca una llave del bolso y desata un casco de una moto verde y grande, una Kawasaki nina de seiscientos, se lo tiende  y se sube al asiento.
-¿No tienes nada que preguntar?
-Todavía no me has contestado a lo de las gambas.
-¿Tan importante es eso para ti?
-No, pero tu problema es que siempre lanzas una segunda pregunta sin haber encontrado la respuesta de la primera.
-¿Sabes por qué lo hago? -se quita el casco y sonríe. -. Porque tú tienes todas mis respuestas.




jueves, 26 de mayo de 2016

La época de preparación para la hostia que se avecina

De pequeño nunca me molestaba ver a gente exitosa. Cuando eran jóvenes lo achacaba al talento natural, más propio de la genética y de las oportunidades que te brindan tus progenitores, si eran mayores me alegraba poder argumentar que era gente curtida, entrenada, la cual había dedicado miles de horas para llegar hasta esa suerte de persona destacable dentro de de su propio colectivo. Ahora, ya rozando la veintena, todo ese argumentario vacuo, insulso y extremadamente conveniente, se ha esfumado. Y cuando en mitad de una guerra no tienes ninguna cobertura a la que agazaparte, solo te queda el sonreír mientras ves como una lluvia de balas se acerca a ti a velocidades vertiginosas. Creo que los 19 años son así, voy a llamarlo ''La época de preparación para la hostia que se avecina''

Talento y esfuerzo. Dos conceptos que separados suenan bombásticos y rimbombantes y juntos parecen un axioma más de la vida. Es curioso cómo al diluirse esta mezcla pierde todo su encanto, como si las propiedades de ambos elementos fueran puliéndose hasta llegar a un estado de equilibrio absoluto donde no existe ese brillo salvaje, esa pureza que desprenden cuando salen de tu boca. Creo que la niñez es talento y la adultez esfuerzo. Quizá estoy siendo demasiado categórico, pero creo que esos dos conceptos en su estado más puro evocan inevitablemente a esos extremos de la balanza. Aunque una cosa no excluye a la otra, existe un puto muy concreto donde ambos confluyen, donde el niño deja de ser talentoso y el adulto todavía conserva un brillo especial, para mí ese intervalo se encuentra en los veinte años.

Me gusta la metáfora de la vida como un sendero. Como fanboy de Machado no podría ser de otra forma. Un camino está lleno de vicisitudes, desde el contraste entre día y noche, recompensa y fracaso, amor y odio, encuentro y despedida, amenaza y serenidad; esas propiedades tan radicales es lo que más se aproxima a la vida, una vía en la que a veces cruzas por el medio de estos conceptos y otras te decantas por uno de lo extremos. Asimilando la vida como un camino, creo que al llegar a la veintena de edad hay un muro que corta tajantemente el sendero, un muro enorme que obstruye toda la visión. Si miras atrás solamente verás caminantes jóvenes y talentosos, gente mucho más talentosa que tú, más fuerte, más rapida, más inteligente, con calificaciones más altas, con un gran oído para la música, deportistas de élite. Si abres la puertas y miras hacia delante verás profesionales de todo tipo, desde científicos, pasando por practicantes de sexo, pescadores, emprendedores hasta poetas. Lo mágico de adentrarte en el pasillo que te brinda esa gran puerta, es que hasta que no consigas llegar al otro extremo del agujero, nunca verás lo que hay más adelante. Creo que la veintena es ese pasillo oscuro, aunque no tanto como para que no puedas ver casi a transluz qué es lo que se avecina.

A la espalda más talento que yo y por delante muchísimo más esfuerzo. En este pequeño agujero por el que casi no se puede respirar ya no valen las excusas. He llegado poco preparado y además mi talento está siendo nublado por personas que han dedicado más tiempo que yo para formarse. A la espalda el poeta que es capaz de embelesar a las personas con sus versos y en el periodista que sin llegar a la treintena domina hasta cinco idiomas. Creo que los veinte años son eso, un camino oscuro en el que la única certeza que tienes es que hay gente joven mucho mejor que tú y que independientemente de donde vayas a ir, siempre va a haber gente mejor preparada. Entre esas tinieblas nunca sabes donde vas a llegar, pero esa premisa no desaparecerá por mucho que intentes remediarlo, porque justo estás en la edad en la que talento y esfuerzo confluyen y pasan la factura.

¿Sabes qué es lo mejor de todo de tener casi veinte años? Que todavía sigues cargando con el peso de preguntas que te repites a diario cómo ¿Qué es talento? ¿Qué es el esfuerzo? ¿Dónde estoy? ¿A dónde quiero llegar? Es un poco triste que sin ni siquiera saber quién soy, tenga la certeza que mira hacia delante o hacia atrás, siempre va a haber personas mejores que yo. Muchas preguntas de la adolescencia se han quedado sin responder y lo único que me está quedando claro es que la hostia me la voy a dar igualmente.

lunes, 21 de marzo de 2016

¡No disparen al pianista!

¡No disparen al pianista!

Por falta de precisión las balas están perdidas,
desfilan, entre los rayos del sol, luces rojas y amarillas.
El soldado pierde la razón, mejor que perder la vida
y llora sin ton ni son una niña triste, sola y afligida.
-¡Que alguien calme su llanto! -grita franco el coronel.
Y de tanto en tanto un soldado raso se acerca y la consuela.
-¿Por qué llora la pitusa si no hay herida que duela?
-Son heridas del corazón, mucho peor que el dolor de muela.

Las balas se exhiben espléndidas y glamurosas,
reciben silbidos y piropos, todo va de color de rosas;
de ese rojo carmesí del que tiñe la Funesta.
''¡Ay qué ingenuos que son aclamando a esa enhiesta!''
Se lamentan algunos sin percatarse de la fiesta
mientras otros, sobre alfombra roja, gritan ''La victoria es nuestra!''.

En las filas desesperan porque el llanto de la niña no cesa,
no comprenden su dolor, la cruz de la que es presa.
No comprenden su temor, porque con palabras no se expresa
pero nada puede hacer, ya nada en su corazón pesa.

A lo lejos se vislumbra un hombre taciturno,
una mirada sombría, un traje nocturno.
Rifles miran indiscretos esperando la orden de disparar,
pero el hombre no se achanta, no para de caminar
indiscreto, indiferente, sonriendo sin cesar.
-¡Que todo el mundo se esconda, ese hombre lleva una bomba!
Pero el músico no entiende de explosivos, solo del sonido y su honda.

Entre las balas perdidas el pianista comienza a tocar
una triste melodía que todavía nadie logra olvidar,
en el teclado de un piano que parece de cristal.
Yo no voy a juzgar, si lo que hizo estuvo bien o estuvo mal.
Solo soy un superviviente más, alguien que todavía puede recordar.

''¡No disparen al pianista!'' se escucha desde los dos bandos.
''¡No disparen al pianista!'' voces al unísono de los hombres al mando.
''¡No disparen al pianista'' porque el pianista disparó
una hermosa melodía que con el llanto de la niña acabó
y él continuó tocando, con motivo de admiración,
una hermosa canción que con el fuego cruzado terminó.


Por falta de precisión las balas están perdidas,
desfilan, entre los rayos del sol, luces rojas y amarillas.
El mundo pierde la razón, mejor que perder la vida
y llora sin ton ni son una madre triste, sola y afligida.

No disparen al pianista, por favor. No disparen al pianista...

                                                                                                                            J.R. Cristian

jueves, 31 de diciembre de 2015

Yo were there

¿De qué te sorprendes si estuviste ahí?
Viste amanecer esas flores junto mí, en este mi jardín.
Viste germinar el sol, mi mundo crecer.
¿Crees que este castigo no debo merecer?
Si tú estuviste ahí cuando el fuego dejó de quemar,
cuando el dolor murió y al fin dejé de gritar.
Cuando, en pena, mi musa dejó de aparecer.
Cuando abril junto a mi ventana comenzó a oscurecer.

¿Por qué lloras por mi muerte si tú estuviste ahí?
No detengas tu llanto, no lo veo menester,
mas ciego soy y si de algo he de carecer
que sea de visión y no de capacidad de ser.

¿Por qué estuviste ahí?
Sigo preguntándome cada noche cuando
en luna llena vuelve mi capacidad de sentir,
y que sea así mientras recuerdes los versos que escribí.
Mientras nuestro sea el mundo
y el destino tenebroso por el que me perdí.
Porque este existencia mía te pertenece mientras así lo desees,
mientras así lo desee, mientras así te desee.
Mientras siga así esta rabia que me posee.

Y si he de gritar, por favor, escúchame
Si he de llorar, consuélame.
Si he de amar, desvélame
y hazme ver el lúgubre acontecer,
de mis tinieblas, desátame.

Y si he de morir, mátame.
Si he de morir, recuérdame.
Si he de morir, ámame,
porque sé que estarás
y dueño de ti soy.
Dueño de este eterno compás que me consuela.
Dueño de esta eterna canción
que en manos arde y en corazón vuela.

Porque tú estuviste ahí y esa fue la única razón por la que no me perdí. Por eso te amo.

Promesas Banales

Promesas banales danzan, por algún lugar extraño,
donde no han sido invitadas hoy, mañana y ni siquiera antaño.
Promesas banales bellas, de puro estaño envenenan,
con una amargura tan dulce y mordaz que hasta lágrimas queman.



Promesas banales sueñan, vuelan y en tus ojos se estrellan,
como las estrellas que brillan y brillan hasta que en la noche estallan.
Promesas banales son buenas, malas, reveldes; pero nunca fallan.
Promesas banales danzan.
Promesas banales cantan.
Promesas banales se ríen y lloran y muerden hasta que te matan.



Cuidado chiquilla, cierra tu ventana que no entren promesas banales,
que corren, vuelan, chillan y chillan y van cargadas de males.
Cuídate bien, cierra tu ventana, ya llegan las tempestades.
Promesas banales que caen de los ojos y se cuelan por tus retales.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Tiempo.

Pretérito imperfecto. Presente simple. Futuro perfecto.

Un pasado  imperfecto, pero a pesar de ello no puede cambiar, es algo inevitable; un yugo con el que debemos cargar hasta que nuestro cuerpo caiga rendido bajo tierra.
Esos fríos recuerdos que llenan nuestros ojos de impotencia y rabia, pero también enternecen el corazón, esos que se cuelan lacónicamente a través del fino cristal de la ventana, esquivando los malos momentos, y más níveos que los copos que los miran recelosos, llegan hasta tus manos. Entre el marfil, y como si de un milagro tratase, tocas esa melodía que ya ni siquiera recordabas.
El pasado es imperfecto como la vida y fruto de esa imperfección es esa sonrisa con la que le cuentas tus viejas historias, mientras él, fruto de tu vientre, te mira con los ojos centelleantes propios del niño que un día fuiste.


Un presente tan simple como la vida misma, como estar mirando el paisaje cambiante a través de la ventanilla de un autobús cuyo recorrido has hecho miles de veces. Tan simple como sentarte cada mañana en la silla de tu escritorio, tomando un café, esperando a que llegue la hora en la que tengas que partir a hacer la misma función de cada día. Como si fueras un autómata, un ser diseñado para trabajar, incapaz de distinguir entre los casi imperceptibles cambios que sufren los hilos del destino, llevando a todo el mundo por un camino sumamente enigmático. Aunque nadie se da cuenta de cuan grande pueden ser esas pequeñas acciones y cómo cada simple acción, como el respirar, crea una pequeña brisa que mueve apenas unos grados el timón de este, nuestro barco.


Un futuro tan perfecto como efímero, un pensamiento cambiante y trascendental que se encarga de variar conforme maduras. Promesas que acaban convirtiéndose en mentiras olvidadas que se las lleva los vientos de abril junto a mi ventana. Esas monedas que se tiran en una fuente y allí se quedan hasta que alguien los recoja. ¿Dónde están esos sueños que te arropaban cada noche?
Hasta que entre tañer de campanas y envuelta en retales blancos, te das cuenta de que el futuro es incierto, salvaje e indomable; y ese futuro perfecto que te enseñaron en la escuela no es más que el sueño gramatical de un pasado frustrado.