viernes, 18 de mayo de 2018

Construcción de un hombre

Observando la ropa secándose lacónicamente
frente a la mirada afable de un corazón no perturbado,
incita a pensar que la tormenta, de liviana, podría haberse evaporado.

Quizá, como una suerte de escultor astrónomo,
ejercía añadiendo masa para que orbitasen alrededor de mí los planetas.
Ahora la primavera de sosegada parece detenida,
y un gris edulcorado fagocita un lugar tan pequeño de mi alma que parece insignificante.

Rumiando en mi cerebro ideas tan descabelladas como que ese sol,
fulgurante, cargue sobre mi tejado y la colada esparza y desordene;
o que esas nubes, de claras y diáfanas, se espanten hacia el espacio
y me convierta en un hombre melancólico que a la tormenta aguarda y desea.

El ser diminuto que regenta el pabellón de mi oreja recitando felonías,
apaciguado por el beso de la mañana cálida y el sopor de poniente,
acompasa su respiración de ensueño al vaivén de las olas más allá de Allende.

En la frontera entre bostezo y bostezo corren livianas las motas de polvo, sobre la mesita vacía,
descubiertas tras levantar unos cien  soldados y sus cien alabardas.
Versos desconsolados, ensamblados a estanterías infinitas,
promesas de una tarde trascienden y se reencarnan en promesas de unos y miles de días.

Sin embargo cada vez que escucho su mirada trémula suplicando,
desgarraría cada célula de mi cuerpo por atraparle entre el centeno.
Más la titánica tarea de atravesar esta lámina de papel
que separa mi mirada de su cuerpo bronceado, se me antoja totalmente innecesaria.

Supongo que esto debe ser el paraíso.
Una suite con fronteras norte-sur, este-oeste y sus ventanas con vistas al mal.






sábado, 21 de abril de 2018

Autómata

Si voy a hacer lo mismo que cualquier otra persona, que lo haga cualquier otra persona.

sábado, 7 de abril de 2018

Guardián entre el centeno

No me sorprende nada.
Ni esa tarde de abril, rojo azabache, que brilla solamente por encima de mis párpados.
Ni los humanos devorándose los unos a los otros en ese punto flaco que es la espalda.
Ni esa miríada de miradas que me acechan, que es bien conocido que no existen.

Todo tiene un nombre.
Rendidos ante la ciencia, aquello que escapa de nuestras manos no existe.
Esas historias de Verne son relegadas a unos pocos afortunados
mientras el resto ve, impasible, cómo el ciclo de día y noche se reduce a jornadas de ocho horas.

Qué demonios queda.
El destino de Taneda se impone como un mantra que suena cada mañana a las siete.
Tener que lidiar con tal felonía a sabiendas que allende la frontera norte-sur, este-oeste,
con ventanas con vistas al mal, se encuentra la dádiva salvífica que solamente rozo con mis dedos.

Quiero ser vuestro guardián entre el centeno, pero antes tengo que salvarme a mí mismo.

sábado, 10 de marzo de 2018

Hablemos de ''Los mejores años de nuestra vida''

Hay muy poco que yo pueda decir de una película estrenada en 1946. Sobre ella se han escrito galaxias de tinta, y más aún cuando fue la ganadora de nada más y nada menos que 8 Oscar. 
Quizá un breve apunte que puedo hacer hoy en día, que casi automáticamente se vuelve insulso por la obviedad, es que algunos ''ismos'' cambian tanto las reglas del juego y la percepción social de sí misma, que hasta un personaje como Marie Derry que está descrita como una mujer frívola, materialista e incluso vil, ahora parece ser la única mujer en esta película con voz propia.
Pero insisto, solo lo nombro como una curiosidad, tildar a una película de 1946 de machista es como decir que el fuego arde, solo lo recalco como curiosidad.

Habiéndole dado el primer, y único palo que va a recibir en este texto, vamos al lío.

Decía André Malraux en La condición humana:

No se posesiona uno de un ser, sino de lo que cambia en él {...}. Se oye la voz de los demás con los oídos: la de uno mismo, con la garganta {...}. Pero yo, para mí, por la garganta, ¿qué soy? Una especie de afirmación absoluta, de afirmación de loco: una intensidad más grande que la de todo el resto. Para los demás, yo soy lo que he hecho. Sólo soy May (su pareja) no era lo que había hecho; solo para él, ella era otra cosa completamente distinta de su biografía. El abrazo, mediante el cual el amor mantiene a los seres unidos el uno al otro contra la soledad, no era al hombre al que proporcionaba su ayuda; era al loco, al monstruo incomparable, preferible a todo, que todo ser es para sí mismo y al que elige en contra de su corazón {...}.Los hombres no son mis semejantes; son los que me ven y me juzgan; mis semejantes son aquellos que me aman y no me miran; los que me aman contra todo; los que me aman contra la decadencia, contra la bajeza, contra la traición; a mí y no lo que yo haya hecho o haga; {...}.


Quiero destacar la frase ''no se posiciona uno de un ser, sino de lo que cambia en él''. Volver de la segunda guerra mundial y reencontrarte con tu familia debe ser terrorífico. En ocasiones nos aterra el estatismo, el ''no voy a cambiar'', el ''les estoy decepcionando, el ''soy un monstruo y no soy capaz de mejorar''. En otras ocasiones lo que nos horroriza es el cambio, el ''no me van a reconocer'', el ''les voy a decepcionar'', el ''ya no me voy a poder adaptar'', el ''ya no me van a reconocer'' o incluso el ''vamos a estar totalmente desconectados''. Y lo cierto, es que la misma respuesta también nos la da André Malraux cuando nos dice que nuestros semejantes son los que nos aman contra todo, los que nos aprecian a nosotros y no a nuestros actos.

La película no me ha parecido la gran cosa pero al menos me ha servido como excusa para citar a Malraux.

viernes, 9 de marzo de 2018

jueves, 1 de marzo de 2018

Pandemia

Quizá el ser humano está enfermo de desidia, unos se abandonan intelectualmente
y otros nos refugiamos en la cabeza mientras se pudre nuestro día a día.

lunes, 26 de febrero de 2018

La primera vez

La primera vez que se entumeció mi cerebro un pequeño explosivo detonó en lo más profundo de mi cráneo, en un punto casi imperceptible que justo se encontraba en el centro exacto de ese espacio tridimensional que es mi cabeza. Hasta ese momento nunca había tenido esa sensación aunque sí que me había sentido agotado. Muchas noches había permanecido diurno hasta las tantas de la madrugada, con con una maraña de pensamientos endebles manteniendo bien abiertas las puertas de mi alma, sin embargo, aunque vagos, los pensamientos seguían acechando, y ese hombrecillo en miniatura que se balanceaba sobre el pabellón de mi oreja, seguía murmurando extravagancias. Qué maravilla y vil ingeniería orgánica se encontraría dentro de mi cuerpo, capaz de procesar tanta información en balde. Un diseño tan perfecto que, por desgracia, no incluye botón de pagado, reinicio o formateo.
Por eso la primera vez que toda la maquinaria se detuvo, nada volvió volvió a ser igual. La arena se alargó infinitamente paralela la costa, las luces coqueteaban con la atmósfera, las estrellas tiritaban sobre la superficie del mar, el viento susurraba canciones de muerte y la noche se volvió tan apetitosa que quedé prendado de ella. El miedo se disolvió entre tanta inconsecuencia y la única preocupación era, literalmente, alcanzar el cielo con las manos, nadar hasta la línea donde se besan el mar y las estrellas. Comencé a llorar, y cuando intenté recordar la razón de mi llanto ya la había olvidado, y cuando trataba de recordar que la había olvidado, también esa idea se había esfumado de mi espiritada memoria. Entonces reí como antes, lloré como después y me quedé totalmente desprotegido ante una esencia que crepitaba consumiéndose. ''Y si esas estrellas que son diez veces más grandes que la tierra no son conscientes de sí mismas, por qué demonios ha de hacerlo el ser humano, envuelto en esa asquerosa condescendencia y ese narcisismo que nace cuando nos reconocemos a nosotros mismos'' -le pregunté a Dios ocioso-. A pesar de que respondía, olvidé todo a los cinco segundos y reí cinco veces más alto para que el aire vibrara más tiempo y así al menos poder recordar durante ese breve lapso de tiempo que quizá estaba riendo de menos.

La primera vez fue mágica, la segunda nostálgica, la tercera agónica y cuando quise darme cuenta había tentado a la muerte mil y una veces. Día tras día ese lúgubre ritual perdió su razón de ser. Poco a poco la surrealidad fue volviéndose una realidad pura. Una suerte de Sancho Panza que es atraído por la muerte solitaria cuando ésta se muestra desnuda ante sus ojos. Qué ingeniero lamentable, regalándole a la vida una máquina tan imperfecta, regalándole a la tierra la relación entre el día y la noche, regalándole a la fugacidad la condena de la rutina.
Y cuando en el país del sol naciente los halos de luz comienzan a filtrarse entre las ventanas de los edificios más altos, en los aviones, los rascacielos, y el camino comienza a clarear, te sientes solo, derrotado y casi arrepentido de haber sorteado a la muerte. Te recoges a ti mismo envolviéndote en un manto de vergüenza y cinismo porque sabes que solo tienes doce horas para sentirte miserable antes de que tu cerebro, y tu vida, vuelvan a entumecerse.