martes, 8 de septiembre de 2015

Cosas que ocurren en momentos extraños donde no ocurre lo que debería ocurrir (improvisación)

El leve siseo del viento que deslizaba las hojas por la tarde, se había convertido, sin previo aviso, en un aullido feroz que hacía retorcerse cualquier cosa dentro de la casa. A pesar de haber intentado cerrarla firmemente, con el esfuerzo de todos, la lluvia parecía colarse por algún rincón. Quizá la casa era demasiado antigua para aguantar tal temporal o quizá es que el tifón era tan caprichoso que, no contento con arrasar con todo lo que alcanzaba, también quiso molestarnos desde dentro, desde nuestro hogar. Desde lo más profundo de mi corazón pienso que aquel tifón solo era un ser orgulloso que no pretendía hacer daño alguno, sino más bien mostrar su entereza. De todas formas era peligroso, lo más inteligente fue cerrarlo todo herméticamente, mejor dicho, cerrarlo todo como buenamente pudimos. Las primeras ráfagas de viento arrastraron con todos los papeles de mi escritorio; había sido tan atento de encargarme de asegurar toda la vivienda, pero irónicamente, olvidé mi habitación. Lcontraba entreabierto sobre el escritorio.
No paraba de escuchar golpes y eso me atoa ventana estaba abierta de par en par y a pesar de que algunos importantes escritos se desordenaran, no pude evitar liberar una lacónica sonrisa. Dicen que las personas, en situaciones excéntricas, tendemos a proteger lo que más nos importaba... Tampoco es que aquella situación fuera extrema, pero observar cómo me había descuidado del lugar donde pasaba la mayor parte del tiempo, me hacía darme cuenta de lo abstraído que estaba mi pensamiento del mundo físico... Suspiré, me relajé un poco y comencé a ordenar todos los escritos que había sobre el suelo y a secar algún libro mojado, más bien, húmedo, tampoco es que me causara gran pesar, de hecho eran árboles, persianas, algún toldo, pequeños objetos arrastrados... pero el hecho de escuchar todos esos móviles chocando entre sí, me inquietaba. Sabía que leer no me iba a calmar en absoluto, necesitaba algo que pudiera sanar mi alma, la mejor idea era algo de música relajante. No es por degradar mi persona, pero soy bastante despistado. Comencé a buscar primero los auriculares, que se encontraban desordenadamente ordenados, es decir, siempre acababan en algún sitio aleatorio de mi habitación, que con el paso de tiempo formaron a pasar parte de ser sitios estratégicos; no sé si es costumbra subconsciente o suerte, pero había un par de sitios que al revisar podría encontrar allí los cables enmarañados entre sí. Encontrar mi móvil sí que iba a ser difícil. No estaba por ningún lado. Comencé a impacientarme, por el ruido, la tormenta y sobretodo por mi impaciencia natural. No sabría diferenciar entre impaciencia y nervios, pero siempre he querido que son hermanos fieles de esos que siempre van juntos de la mano. Mientras buscaba frenética y torpemente, escuché un estruendo, seguido de un grito y la luz se fue. Algo curioso es que decimos ''se va la luz'' pero en realidad se va la luz, el calor, la centrifugación de la lavadora y la refrigeración de la nevera... Pero seguimos diciendo ''se ha ido la luz''. ¿Por qué lo hacemos? Parte por herencia cultural y parte porque lo primero de lo que nos percatamos es de que la luz se ha ido, literalmente, aunque más bien diría que se la han llevado. Independientemente de esta reflexión, lo primero que hice fue asustarme y lo segundo fue asustarme más porque escuché un grito dentro de casa. No hay nada que pueda descolocarme más que los chillidos. Hay algo que se remueve en mí cuando ocurren, cada vez que los escucho mi corazón se estremece, mis mente se queda en blanco y mis piernas se paralizan totalmente. Eso es una historia que contaré otro día. Cuando pude reaccionar comencé a recorrer toda la casa intentando no tropezar y gritando ''¿qué ocurre?'' Por suerte o por desgracia, aquel día había invitados en casa y gracias a ello fui habitación por habitación recogiendo gente, como si del flautista de Amelín tratase. Todos tenían miedo y estaban desconcertados y se sentían reconfortados al ver que alguien iba a buscarlos. No soy alguien especialmente valiente, pero siempre actúo cuando debo actuar. Digamos que no soy valiente por voluntad, si no por naturaleza -he de reconocer que no es una valentía por la que me sienta orgulloso, siempre es algo que venía incluido en mi ADN o algo así-. Por fin encontramos el foco del problema. Fue... llamémosle Ella. En la habitación de Ella, debido al cortocircuito, no solo se había ido la luz, si no que también había estallado una bombilla y por eso la conmoción había sido mayor. Por añadido, la bombilla no era una bombilla normal, había cristales por todo el suelo. Más tarde descubrí que no había estallado una, si no que en realidad fueron tres ya que la lámpara tenía varias. De cualquier forma, aprovechando que la habitación era muy grande, encendimos una vela, la colocamos encima de una mesita y así todos juntos estarían más tranquilos sientiéndose seguros. Debido a la conmoción general, tuve que encargarme del destrozo, tuve que limpiar los cristales, preparar la vela, acercar la mesita de otra habitación... Fue una ocasión especial que por suerte no se repitió, no es que me guste especialmente trabajar. Salía y entraba en la habitación, pero en una de las ocasiones me corté la mano, así que iba a tardar más. Mientras limpiaba y curaba mi herida en el baño, comencé a escuchar una melodía. Al poco tiempo me di cuenta de que era la lira de Ella. Al comienzo se escuchaba desde la lejanía, pero conforme me iba acercando a la habitación, la música se engullía toda la oscuridad de su alrededor. Aquella melodía emanaba un aura que destruía los estruendos, los aullidos del viento, los golpes, la lluvia arremetiendo ferozmente contra el suelo... Cuando abrí la puerta para entrar en la habitación, nadie me observó, nadie notó mi presencia siquiera. Por un momento permanecí de pie en la habitación, observando el sombreado rostro de todos los espectadores, deformados por el ir y venir de la llama de la vela. Todos la observaban abstraídos y decidí unirme...
¿Sabes esos momentos pequeños en los que ocurre algo grande? Ese momento fue muy grande, su música nos acogió a todos, fue más exhortativa que mi valentía anterior y mi ímpetu por que todo estuviese tranquilo. Me había robado mi pequeño momento de protagonismo. Aquel día me di cuenta de lo poderosas que pueden llegar a ser las mujeres, créeme, son de temer. Al comienzo no quise prestar demasiada atención, porque, celoso, joven e inmaduro como era por aquel entonces, no me podía permitir aquella humillación. Pero no hicieron falta más de treinta segundos para tenerme allí embelesado, viendo como sus finos dedos se deslizaban por las cuerdas... En fin, me tenía en el bote y así me tuvo durante más de treinta años porque me robó, robó mi persona y no me soltará hasta que la muerte nos separe, o eso dicen.



Espero que os haya gustado. Este texto es una improvisación. Básicamente me siento delante del ordenador, en un momento de lucidez, y creo una historia a partir de una premisa que se me ocurre al momento. Dejo que todo se vaya construyendo sobre la marcha, por eso es un poco... ¿diferente? En fin, a veces hace falta salir de los esquemas, de los guiones y dejar que nada salga como lo habías planeado -incluso no planear nada-.